lunes, octubre 15, 2007

EL PROCESO DE LA REINA MARIA ANTONIETA.- Octubre 15, 1793.

En piezas anteriores hemos visto como la Reina María Antonieta después de una horrible cadena de sufrimientos por haber perdido a su madre, la Emperatriz de Austria, María Teresa, su hijo mayor, el Primer Delfín, Luis Javier Jose, su hija menor Sofía Beatriz, a su muy querida y leal amiga, la Princesa de Lamballe, ésta última a manos de la infame turbamulta, asesinato que dio comienzo a las espantosas masacres de septiembre en 1792, el vil, injusto e ilegal asesinato de su esposo, el Rey Luis XVI, la cruel separación de su hijo Luis Carlos del modo más brutal, fue enviada a la prisión de La Concergierie.
Al abandonar la celda que ocupaba en el Temple, como ella era alta, se golpeó la frente contra una viga, uno de los guardias le preguntó: ¿Se lastimó usted? Respondiendo ella: “No, con todo lo que he sufrido, ya nada puede lastimarme..”
A su llegada La Concergierie, antesala del patíbulo, el 2 de agosto de 1793, se le colocó en una celda muy húmeda y maloliente.
Para su suerte, le fueron asignados para su vigilancia y servicio una joven mujer de nombre Rosalía Lamorliére y el matrimonio de apellido Richard. Además, fue encargada de vigilarla otra mujer la Sra. Harel, cuyo marido trabajaba para la Policía Secreta, y ella misma estaba ahí para servir de espia y delatora.
A los cuatros días de instalada la Reina, en esa maloliente celda, llegaron los funcionarios de la Comuna para decomisarle un pequeño reloj que María Antonieta había traído consigo desde Austria y que le fue regalado en la ya lejana época de sus 13 años, al convertirse en la prometida del entonces Delfín de la Corona Francesa. El pequeño reloj ella lo había colocado pendiendo de un clavo en una de las paredes de la fría celda.
Le apostaron guardias las 24 horas del día y ellos fumaban todo el tiempo dentro de la celda. La Reina nunca se quejó hasta que se dieron cuenta de que ella tenía los ojos enrojecidos e inflamados y sufria de fuertes dolores de cabeza y ellos, sin que se les pidiera, dejaron de fumar.
La Reina, aún prisionera, se ganaba la simpatía de todos los que la rodeaban.
La Sra. Richard, conserje, tenía un pequeño hijo entre siete y ocho años de edad, de ojos azules y rizos dorados. Le decían cariñosamente Fanfan. Pensando ayudar a la Reina a distraerse un poco, le lleva el niño. La Reina lo tomó en sus brazos, lo cubrió de besos. En un instante todo cambió, María Antonieta estalla en sollozos. Le dolió profundamente el recuerdo de su hijo arrancado de sus brazos.- La Sra. Richard se prometió no llevar más al niño para no lastimar con el recuerdo de su hijo, Luis Carlos, a la Reina.
Mientras tanto la insalubridad de la celda hacía estragos físicos en la Reina, cada día perdía más peso, tanto que llegó a presentar una delgadez extrema. Además sufría de fuertes hemorragias todo el tiempo. Sin contar con ninguna atención, Rosalía hacia grandes esfuerzos para poder ayudar a la Reina en sus mínimas y más básicas necesidades, al grado de sacrificar sus prendas para atender dichas hemorragias.
Se dice que la Reina sufría de cáncer de la matriz, esto significa que de no haber sido asesinada, no hubiera durado más que unos cuantos meses.
Había mujeres en otras salas que le enviaban con mucho afecto, fruta y pan. Algunos guardias le ofrecían flores. Todos estos actos eran heroicos, pues arriesgaban sus cabezas.
El 14 de octubre la Reina fue avisada que de que enfrentaría un proceso en su contra en el Tribunal Revolucionario.
El asco de Danton (el moderado, que diseñó y ordenó las masacres de septiembre de 1792), Carrier (el que diseñó y llevó a cabo con sus huestes los ahogamientos en masa y las “bodas republicanas”, y “baterías nacionales” en Nantes) crearon el tribunal revolucionario ante el que María Antonieta sería enviada.
Los componentes del jurado fueron nombrados por la Convención, eran funcionarios pagados a razón de 18 libras por día y que debían opinar en voz alta. Estos ya estaban advertidos que si de mala suerte dieran un día una opinión contraria, ellos mismos serían guillotinados.
Danton recalca el objetivo de la institución: " Este tribunal debe suplir al tribunal supremo de la venganza del pueblo”.- ¡Fíjense, nada más! ¡Estos asquerosos son todavía objeto de “respeto, ejemplo y culto” en nuestros días!
Lo bueno es que ese mismo tribunal fue el que decidió el aguillotinamiento del propio Danton.
Él diría entonces: ¡Fuí yo el que mandó establecer ese tribunal para que fuera nada menos que la balanza del mundo!
15 DE OCTUBRE DE 1793


El acusador público, es decir, el fiscal era un antiguo procurador en Chatelet, Antonie Quentin Foucquier-Tinville. En los tiempos de la monarquía este asco de fulano se había distinguido por su celo a la gloria del rey lo que el traducía poéticamente en baladas y pequeños versos.
La Viuda Capeto, como llamaban a María Antonieta, es acusada de:
1.- En complicidad con los hermanos de Luis Capeto y su infame ex ministro Calonne, de haber dilapidado pavorosamente las finanzas de Francia – fruto del sudor del pueblo – y de haber hecho pasar sumas incalculables al Emperador (hermano de la Reina) y de haber dispuesto del tesoro nacional.
2.- De tener, tanto ella como sus agentes contra-revolucionarios, tenido inteligencia y correspondencia con los enemigos de la República, de haber informado y de hacer informar a esos mismos enemigos los planes de campaña y de los ataques convenidos contra el consejo
3.- De haber, por sus intrigas, maniobrado ella y sus agentes, tramado conspiraciones y complots contra la seguridad nacional y exterior de Francia y de haber, a cierto efecto, alentado la guerra civil en diversos puntos de la República y armado a los ciudadanos unos contra otros.
4.- De haber, para cumplir mas prontamente entre sus proyectos contra-revolucionarios, organizado, gracias a sus agentes, en París y a sus alrededores, los primeros días de octubre de 1789, una acción que ha dado lugar a una nueva insurrección después de la que una turbamulta innumerable de ciudadanos y ciudadanas se trasladaron a Versalles.
Pero todavía mas grotescos que la lectura de todos estos infundios fue la rendición de los testimonios por parte de gentuza contra la Reina:
Una cocinera, la hija de Reine Millot, recuenta que en 1788, una día que se encontraba en servicio en Versalles, ella entendió que el Conde de Coigny “que en ese momento estaba de buen humor” dijo que la Reina había pasados doscientos millones a su hermano el Emperador de Austria para que hiciera la guerra a los Turcos.
Esta misma Millot dio otro testimonio no menos grave que la primera: “Yo me enteré, por diferentes personajes que la acusada (María Antonieta) habia concebido el deseo de asesinar al Duque de Orleáns. El Rey, que se enteró de ello, ordena que la Reina sea encerrada. Después de esto, se le encuentran dos pequeñas pistolas. Después la hizo encerrar en sus apartamentos durante quince días”.
¿Pueden imaginarse a María Antonieta asesinando a balazos al Duque de Orleáns en el mismo Palacio de Versalles y el Rey, encontrándole las pistoletas, la consigna por 15 dias en sus apartamentos?
Un ilustre desconocido, un tal Labenette, declara que tres individuos fueron a buscarlo para asesinarlo por órdenes de la Reina. Fouquier-Tinville considera este testimonio de una gran importancia.
También fue verdaderamente sorprendente que un campesino viniera a declarar que la Reina había ordenado dispararle al sol para hacer que las siembras de trigo no maduraran.
Fouquier-Tinville fue secundado dignamente por los delegados de la Comuna; Pache, alcalde de París, Chaumette, síndico procurador, Hébert (el gusano difamador) y al asqueroso y cobarde pintor David. El crimen de estos hombres y sus superiores es tan grande que es igual de difícil de expresar.
Corromper a un niño para destruir su salud, pues de la corrupción sigue la gangrena, hacer las más espantosas acusaciones contra su madre, no contentos con hacerla insultar de parte de su hijo, un niño de 8 años, al que doblegaron a golpes y de copas de alcohol, repetir la atroz calumnia a plena luz del tribunal con tal de conseguir el pretexto para decapitarla y mancharla de oprobio. No se creia posible que tales infamias fueran humanamente posibles; pero sí se cometieron. (Ver entrada anterior "La Máxima Villanía contra Maria Antonieta y Luis Carlos).
Hermann designa los abogados defensores de oficio de la Reina, Chaveau-Lagarde y Tronçon-Ducoudray. Fueron avisados apenas el 14 de octubre de 1793. Chaveau-Lagarde estaba fuera de la ciudad. La Reina, por consejo de la defensa, solicita tres días para prepararse y la respuesta del Tribunal es que los debates tienen que comenzar el día 15 de octubre a las ocho horas de la mañana y durarán, sin interrupción, justo hasta las cuatro de la mañana del siguiente día.-Salvo por un instante, se continuarán por más de 20 horas.
La Reina llegó extenuada, por las privaciones de meses y una salud comprometida por las hemorragias y agotada moralmente. ¿Quién no podía estar tan destruido por tantas y tantas torturas?
Con esa pasión sobrehumana, débil por la pérdida continua de sangre, sin reposo, sin alimentarse, la Reina debe controlarse, no abandonarse un solo instante, sostener sus desfallecidas fuerzas, dominar los gestos de su rostro y remontar su naturaleza. La chusma espectadora exigía a cada momento que ella se levantara del banquillo para verla mejor.
Ella pregunta: ¿Es que el pueblo obtendrá algún beneficio de mis fatigas?
Una relacion del proceso publicada en esa época manifiesta que Maria Antonieta se muestra: una pobre mujer agotada y que se siente atrapada por la muerte, la que se presenta, espantosamente, delante de ella; “una pobre mujer abandonada, que defiende su vida con una energía instintiva que no sueña declinar la competencia de sus jueces, sino mas bien a doblarlos, a desarmarlos, a convencerlos”.
Para su comparecencia ante el Tribunal, ella viste de luto. Ella iba vestida lo mejor que podia con la ropa más humilde que le habian dado: su pequeño bonete bordado con un adorno plisado, un bonete de mujer del pueblo, un bonete de viuda que le habia confeccionado Rosalía.
Un empleado del tribunal abre un pequeño paquete que María Antonieta conservaba: Son guedejas de cabellos.- Dice ella: “Son de mis hijos, vivos y muertos, y de mi esposo”. Luego: Un papel con cifras; contesta la Reina, “Es una tabla para enseñar a contar a mi hijo”, continuan mostrando un espejito, una miniatura de la Princesa de Lamballe y un pedazo de tela con un Sagrado Corazón bordado.- Ante lo que Fouquier señala: “Este es un símbolo contra-revolucionario”.-
La Reina responde al Presidente que la acusa de haber querido subir al trono sobre los cadáveres de los patriotas:
-Yo sólo he deseado el bien para Francia, que sea la más afortunada, con eso yo soy feliz.
Hébert, el calumniador, elegante y perfumado, lanza aquí las sucias acusaciones junto con Chaumette y David. Hébert denuncia la ignominia con un tono artístico con expresiones rebuscadas. La Reina guardó silencio ante esta infame acusación y solo miraba la orilla de su vestido. Hermann, a todas luces disgustado por esta perversidad, no osaba preguntarle a la Reina sobre eso. Hébert insistió sobre la “depravación” del pequeño Luis Carlos.- La Reina estaba de pie, los ojos fijos, la cabeza derecha, ni un solo músculo de su cara se movía.
Exasperado por tanta dignidad, uno de los jurados interpela a la acusada:
-Si yo no respondo, dice la Reina, es que la naturaleza se niega a responder una acusación tal hecha a una madre. Yo apelo a todas las madres aquí presentes.-
La voz aunque débil y cansada, vibra y por primera vez entre la angustia de la audiencia, saltan las lágrimas a sus mejillas. Delante de este grito sublime, una corriente magnética pasa entre los asistentes. Toda la audiencia le aplaude. Muchas mujeres se desvanecieron de la emoción. La voz nasal del Presidente Hermann amenaza con evacuar la sala.
El repugnante Fouquier pronuncia su requisitoria:
“No contenta con haber hecho en complicidad con los hermanos de Luis Capeto y el infame Calonne, entonces ministro de Finanzas, de haber dilapidado de manera espantos las finanzas de Francia, para satisfacer sus desordenados placeres y pagarle a los agentes por sus criminales intrigas...Los Suizos, en los mismos tiempos en que ella los animaba a confeccionar sus cartuchos y morder las balas... En fin, inmoral sobre todo por los informes y una nueva Agripina, tan perversa con todos los crímenes que olvidando su calidad de madre, y los límites prescritos por las leyes de la naturaleza, la Viuda Capeto no pudo sustraerse, con Luis Capeto, su hijo, y por confesión de éste último, a sus indecencias cuya idea y el nombre nos hacen temblar de horror”.
Se les dieron 15 minutos para preparar la defensa a los abogados de la Reina, quienes hablaron con emoción y con valor. En cuanto terminaron, fueron arrestados por ordenes de los miembros del Comité de Seguridad Pública. No se permitió se publicaran sus intervenciones.
Durante los debates, entre los asistentes reinaba la opinión de que la Reina sería deportada. La gente creía que el jurado no daría crédito a los “testimonios”. Reinaba una bruma de otoño, fría, húmeda y con un cielo gris. Entre los varios emisarios del Club de los Jacobinos y de la Comuna de París se asomó la horrible faz de Ducatel, ahora inspector de las prisiones. Este causaba terror entre los mismos pues él fue el asqueroso asesino que mató a martillazos a la dulce Princesa de Lamballe el 3 de septiembre de 1792.
María Antonieta fue condenada a muerte por unanimidad.
Los jurados daban su opinión, uno después del otro, en voz alta. Cada uno sabia que si se pronunciaba diferente, el mismo se exponía a ser guillotinado. De tal modo que se puede decir que la condena fue pronunciada con conocimiento de causa.
La lectura de la condena a muerte encuentra a la Reina tranquila, inmóvil. Ella desciende de su banquillo con la cabeza en alto, ella misma abre la balaustrada y con paso ágil y majestuoso atraviesa la sala como si no viera ni entendiera nada, escribe el abogado Chauveau-Lagarde.
La sesión se levantó a las cuatro horas de la mañana del 16 de octubre de 1793.
La multitud de espectadores se retira, pensativa, silenciosa, como ausente. Los más fanáticos se sienten con el corazón oprimido.

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2 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Me encantó este artículo

2/29/2012 10:57:00 a.m.  
Blogger Lyl Poesía dijo...

Triste que antes se vivieran estas cosas

5/03/2014 10:27:00 p.m.  

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